13. Matar a un ruiseñor – #Las20DelXX

Una de las virtudes de un buen libro es poder contar una historia con un len­guaje sencillo. La escritora estadouni­dense Harper Lee logra ese objetivo en su obra Matar a un ruiseñor. Narra­da en primera persona por Jean Louise Finch, una niña que está presente en todos los hechos de principio a fin.

La historia trascurre en Maycomb, una pequeña población imaginaria de Alabama, al sur de los Estados Unidos, durante los años treinta del siglo XX; pero los hechos que describe, siguen siendo de una actualidad sorprendente y ello hace más interesante esta novela. Lo que inicia como un cuento infantil de una familia compuesta por una niña de nueve años, un niño de doce y un padre casi de cincuenta, que al enviu­dar divide el tiempo entre su oficina de abogado y la crianza de sus hijos, se torna en la descripción de una sociedad en­ferma donde los sentimientos más mezquinos parecen ga­narle la partida a las virtudes humanas.

Al leer sobre la fractura del brazo de Jem Finch, un niño de 13 años, en la primera página del libro, lejos estaba de imaginar que más allá de las travesuras de unos niños, se escondía el relato acerca de un condenado a la pena de muerte. Atticus Finch, abogado de profesión, más que sal­var a un condenado y ganar un proceso en los estrados judiciales, tiene una preocupación aún mayor, que se tra­ta de cumplir de manera adecuada con su papel de pa­dre y madre, enseñando a sus dos pequeños hijos, con el ejemplo, a pensar, argumentar y defender algunos valores, incluso en contra de lo que piense la mayoría, esa sí que es su principal labor. Una tarea nada fácil, más cuando las circunstancias parecen estar en su contra.

Tom Robinson es acusado de golpear y violar a una mujer, y Atticus Finch es asignado como su abogado de oficio. Ante una pregunta sobre la gravedad del caso, el defensor res­ponde: “Podría haber sido peor, Jack. Lo único que tenemos es la palabra de un negro contra la de los Ewell. Las pruebas se reducen a <<lo hiciste; no lo hice>>. No se puede espe­rar que el jurado acepte la palabra contra la de los Ewell…”.

La siguiente pregunta obligada es: ¿qué llevó a Atticus Finch a tomar el caso sabiendo de antemano que sería una defensa complicada? La respuesta es fascinante: “Pero ¿crees que si lo hubiera rechazado podría volver a mirar a mis hijos? Tú sabes tanto como yo lo que ocurrirá, y espero y ruego que Jem y Scout atraviesen la prueba sin amargura, y sobre todo, sin contraer la enfermedad corriente de May­comb. El motivo de que personas razonables se pongan a delirar como dementes apenas surge algo relacionado con un negro, es cosa que no pretendo comprender… Sólo confío en que Jem y Scout acudan a mí para resolver sus dudas en lugar de prestar oídos a la gente. Espero que ten­gan bastante confianza en mí…” (pg.191).

Esa enfermedad de juzgar por el color de la piel o el lugar de nacimiento no es única de Alabama, sorprende saber que en un mundo globalizado la seguimos padeciendo. Las sociedades construyen a partir de generalizaciones, es­tigmas y estereotipos tales como: “el violador negro”, “el policía corrupto”, “el traficante de drogas latinoamericano”, “el terrorista islámico”. Construido el estigma y hecha la acusación, es muy difícil defenderse en cualquier escenario judicial y social.

Hoy, en muchos lugares del mundo, al igual que en May­comb, Alabama con Tom Robinson, seguimos condenando sin pruebas y sin juicio a muchos acusados. Hoy, seguimos matando a más de un ruiseñor, un ave indefensa que no hace nada distinto a cantar.

Por: Jose David Ruiz Argel

Abogado – Especialista en Derecho Laboral y Seguridad Social – Magíster en Derecho.

La lectura es mi refugio y la literatura mi puerto seguro. Mi verbo es buscar, buscar y descubrir miles de historias que reclaman ser conocidas.

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