5. Mientras agonizo. Loa y olvido de William Faulkner – #Las20DelXX

Como si se tratara de argumentar a favor del filósofo, desde fines del siglo XVIII a inicios del siglo XX, desde la primera generación del romanticismo al modernismo, el devenir de la literatura puede ser visto como un movimiento que se despliega en la búsqueda de representar la realidad de manera cada vez más fidelísima; como si la efectividad de producir una mímesis estuviese siendo permanentemente cuestionada pero no desechada, como si la capacidad de imitar a la vida se mantuviera siempre en potencia y no llegara a actua­lizarse. A la fantasía trágica y narcótica, conscientemente alienada, del romanticismo, le siguió la pretensión de iden­tidad figurativa -alentada por el daguerrotipo- del realismo. El naturalismo lo juzgó superficial, incompleto, y se afanó en convertirlo en verdadero por medio de una fisiología de­terminista de lo individual y lo social. La respuesta a estas pretendidas objetivaciones fue la experimentación subjeti­vista del modernismo. La realidad no es más lo que está “allá afuera” sino lo que está “acá adentro” de mí, e incluso lo que está “allá adentro” de otros. El punto de vista ya no fue más el punto desde donde se mira sino el punto desde donde se piensa y se siente.

Cuando Katherine Mansfield, James Joyce, Virginia Woolf y John Dos Passos habían publicado durante el primer cuarto del siglo muchos de los experimentos más radica­les del modernismo anglosajón -alcanzando según mu­chos los límites posibles del uso del lenguaje-, William Faulkner (Mississippi 1897- Mississippi 1962), recurrente lector de la Biblia, del Quijote, de Shakespeare y de Mel­ville, produjo en el transcurso de diez años una cantidad inverosímil de obras maestras originales: las novelas El ruido y la furia (1929), Mientras agonizo (1930), ¡Ab­salón, Absalón! (1932), Luz de agosto (1936) y Las pal­meras salvajes (1939), y relatos como “Una rosa para Emily” (1930), “Septiembre seco” (1931) o “Incendiar establos” (1939).

Mientras agonizo es el conjunto de cincuenta y nueve monólogos interiores de quince personajes, campesinos pobres del sur de Estados Unidos que por primera vez se convierten así en los protagonistas de una novela. Se tra­ta por tanto de un relato polifónico que construye lo real como la superposición de una serie de realidades subjeti­vas, incompletas, percibidas desde distintos lugares, que juntas conforman una figura total, dícese barroca, aunque para mayor precisión diremos cubista. Una novela acerca de la agonía, la muerte, la travesía y la sepultura inenarrada de Addie, la matriarca del clan Bundren, en Jefferson, su tierra primigenia. Pero este tormentoso retorno de la carne en continua descomposición de la mezquina maestra de es­cuela devenida en madre igualmente mezquina puede ser leído también como una serie de monólogos en la mente de un único personaje. Un narrador posible, ya postulado, es Darl, el segundo hijo de los Bundren, aquel cuya presencia es la más recurrente (le corresponden diecinueve de los monólogos, incluyendo el único en que se relata, en ausen­cia, la muerte de la madre), el más complejo, el vidente, el sabedor -para su pesar- del secreto de la familia. Esta pers­pectiva, la de una sola voz oculta, aparentemente agrega verosimilitud a algunos pasajes que de otra manera pue­den resultar impropios del carácter y el acervo de quienes supuestamente los enuncian y a las eventuales similitudes, leves pero significativas, entre unos monólogos y otros. Si este fuera el propósito quedaría pendiente entonces escla­recer la inconsistencia del título, Mientras agonizo se lee como una frase pronunciada en primera persona por Ad­die, donde el adverbio hace eterna la agonía y posterga su muerte. Se trataría de la voz creadora de la esposa-madre yaciente que se reclama sabedora, tal como su propio pa­dre, de que el sentido de la vida es prepararse para estar mucho tiempo muerto. La desconfianza radical en la capa­cidad de las palabras de corresponderse con el mundo, el centro discursivo de su único monólogo, constituiría enton­ces una paradoja.

Pero lo inverosímil no se debe tratar de resolver y las para­dojas no se deben intentar disolver. Estamos frente al relato de un momento crucial en la vida y la muerte de los Bun­dren. Mientras agonizo es la historia de ese momento y de esa familia; no es la alegoría ni el símbolo de otra cosa. La completitud de los personajes los convierte en personas, en personas enteras, no en símbolos de otros. Nunca fue la intención de Faulkner la de re-presentar arquetipos, sino la de presentar individuos. La desolación de Vardaman; la culpa de Dewey Dell; la ira de Darl; la enajenación técnica de Cash; la miseria de Anse y la lucidez de Addie les perte­necen a ellos. Cualquier similitud con personas conocidas es mera coincidencia. Lo mismo que Ernest Hemingway y Scott Fitzgerald, Faulkner era un anti-intelectual declarado1 que rechazaría toda pretensión explícitamente teorética y universalista.

La lectura de un texto literario -y esto es decisivo- no con­siste en el develamiento ni de la trama ni del autor. Con­siste en este caso en llegar a conocer cuanto sea posible a cada uno de los miembros de la familia Bundren, a su vecino Tull, a su esposa Cora, al doctor Peabody. La tarea del lector no es llegar a Faulkner sino olvidarlo2; lo que le corresponde frente a una gran obra literaria es -como señaló Harold Bloom- reconocer y experimentar su valor estético; y frente a un clásico -como dijo un atardecer de octubre de 1941 y sigue diciendo Jorge Luis Borges- ex­plorar los numerosos y nobles problemas que suscita.

Respecto de William Faulkner mismo, padre de la literatura americana de la segunda mitad del siglo XX en el sentido más amplio posible de las palabras, sólo cabe de parte de nosotros, sus lectores del Gran Sur, admiración y gratitud.

1. Basta recordar la entrevista concedida a The Paris Review la primave­ra de 1956 cuando al ser consultado por la obra de Freud afirmó: “[…] nunca lo he leído. Shakespeare tampoco lo leyó y dudo que Melville lo haya hecho, y estoy seguro de que Moby Dick tampoco.”

2. Esta fue, al parecer, una tarea imposible incluso para su propia esposa. El 22 de junio de 1936 el escritor publicó el siguiente anuncio clasificado en el Memphis Commercial Appeal: “No me haré responsable de ninguna deuda contraída o facturas hechas, o recibos o cheques firmados por la señora de William Faulkner o por la señora Estelle Oldham Faulkner. William Faulkner.”

Por: Tomás Llona Ledger

Es Licenciado en Cibernética-Ma­temática de la Universidad de La Habana; Magíster en Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Santiago de Chile y Máster en Estudios Avanzados en Literatura Española e Hispanoamericana de la Universitat de Barcelona. Actualmente desarrolla el Taller de Lectura Finca Vigía.

(tallerfincavigia.cl @tomasllonaledger tllo­naledger@gmail.com)

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