3. La señora Dalloway – #Las20DelXX

“Como nadie puede decirme si la es­critura es mala o buena, el único valor seguro es el propio placer”.

Virginia Woolf

Hace ya algún tiempo que tuve un breve acercamiento a la obra de Vir­ginia Woolf con el cuento La casa encantada, pero me sentía en deuda con mi propio es­tándar de lectura, al no haber ojeado uno de sus libros.

Me decidí por Mrs. Dalloway, no voy a mentir, porque su fama era tremendamente atractiva. La cuarta novela de la renombrada escritora británica relata un día en la vida de la aristócrata londinense Clarissa Dalloway, poco después de la Primera Gran Guerra y algunos años antes de desarrollarse la Segunda Guerra Mun­dial. Durante ese largo día, la señora Dalloway ofrece una fiesta, como era habitual en verano, a la cual asisten los representantes de la alta sociedad de la ciudad, in­cluido el Primer Ministro.

“Clarissa movía las manos, subiendo por Shatesbury Avenue. Ella era todo eso. Así que, para conocerla a ella o cualquiera, había que buscar a la gente que la comple­mentaba, incluso los lugares”.

Mientras la protagonista de la historia recorre gustosa Bond Street, Oxford Street, Picadilly, St. Jame’s Park o Victoria Street, buscando los últimos detalles para su lujosa recepción, evoca recuerdos de su juventud que se mezclan con lo que vive en el momento actual de la historia, en la mañana o en la misma celebración. Una corriente de pensamientos que emana no solo de Clarissa sino de su viejo amor Peter Walsh, su amada hija Elizabeth o su noble esposo Richard Dalloway.

Es esa técnica narrativa utilizada por Woolf, conocida como “flujo de conciencia”, la que tal vez da lugar a una anécdota que la relaciona con el escritor irlandés James Joyce, autor de Ulysses. Joyce también reco­rre su amada Dublín a través del flujo de pensamien­tos de Leopold Bloom y Stephen Dedalus. Esta obra se publicó poco antes de La señora Dalloway, por lo que algunos críticos sugieren que hay algún tipo de influencia en ella.

Cabe resaltar dos hechos curiosos: primero los dos novelistas no llegaron a conocerse y además no solo coincidieron en la similitud de la técnica narrativa sino en la cercanía de las fechas de nacimiento y muerte. Woolf nació el 25 de enero de 1882 y murió el 28 de marzo de 1941, mientras Joyce nació el 2 de febrero de 1882 y murió el 13 de enero de 1941.

Algunas anotaciones en los diarios de Woolf apuntan a que ella consideraba a Joyce como poco educado, muy moderno para su gusto y en ocasiones incluso vulgar, pero que su novela definitivamente no podía catalogarse como mala. También señala que por la po­pularidad del aclamado escritor y la posibilidad de que su sello literario pudiera editarla (ella y su esposo se negaron alegando problemas técnicos) intentó leerla. Digo intentó, porque al parecer nunca la terminó, ya por poco interés, ya por sus múltiples compromisos profesionales y sociales.

No pretendo ahondar en esta maraña de supuestos, pero era irremediablemente necesario mencionar un hecho relevante tanto para la autora como para el de­venir de la historia de Clarissa, una historia aparente­mente simple, pero con una carga emocional, psico­lógica y social, propia de una escritora del estilo de Woolf. Define un personaje adelantado a su tiempo, sus amores sin límites, crítica, pero a la vez amante del esnobismo que practicaba ¿Feminista? Sin duda, no podía ser de otra forma siendo la hija aventajada de una de las más aguerridas activistas del feminismo de la época.

La señora Dalloway tiene todos los elementos para ha­cerse merecedora de un lugar en el selecto grupo de mejores novelas del Siglo XX. Esto no significa que sea una lectura ligera, puede aparentarlo: el relato de una mujer madura y rica que va a ofrecer una fiesta a sus amigos igualmente ricos, no pareciera tener el trasfondo tan profundo que tiene. Un trasfondo que puede dar pie a múltiples interpretaciones sin ningu­na conclusión definitiva. Lo que sí es definitivo es que la historia de Clarissa ha demostrado ser impe­recedera como toda obra de arte.


Por: Mariela Victoria Iriarte

Mariela Victoria Iriarte Ramírez. Psicó­loga. Lectora clásica, seguidora de Jane Austen.. La música como compañera de vida.


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