
Su novela más inquietante demuestra por qué el mejor homenaje es volver a leerlo.
El 23 de octubre, la editorial Gentosha confirmó la noticia: Ryu Murakami había muerto seis días antes, en su casa, a los 74 años. Con él se va uno de los narradores más incómodos de la literatura japonesa contemporánea, el muchacho de Sasebo que en 1976 ganó el Premio Akutagawa con Azul casi transparente y que desde entonces no dejó de asomarse a los rincones que su país prefería no mirar: el sexo convertido en mercancía, la violencia que se incuba en la soledad, el vacío de una prosperidad que no sabe qué hacer consigo misma.
Ante la muerte de un escritor caben dos reflejos: el obituario solemne o la relectura. Elegimos lo segundo. Y entre sus muchos libros hay uno que funciona como puerta de entrada perfecta, porque condensa en poco más de doscientas páginas todo lo que hizo de Murakami un autor de culto: Audición, publicada en Japón en 1997 y llevada al cine dos años después por Takashi Miike. En español tuvimos que esperar hasta 2021, cuando la editorial chilena Abducción la tradujo y, ante la respuesta del público, tuvo que lanzar una segunda edición. Es el momento de leerla sin la sombra de la pantalla.
Shigeharu Aoyama tiene 42 años, produce documentales y lleva siete años viudo. Desde la muerte de Ryoko se ha dedicado al trabajo y a criar a Shige, su hijo de quince años, que un día le sugiere que vuelva a casarse. La idea germina. Aoyama se la comenta a Yoshikawa, su viejo amigo y socio en el mundo del cine, y este le propone una solución tan práctica como siniestra: organizar el casting de una película que nunca se va a rodar. Las aspirantes creerán que compiten por un papel; en realidad estarán siendo evaluadas como posibles esposas.
Ahí está el primer acierto de Murakami. La audición falsa no es solo un recurso argumental: es el retrato de una manera de entender el amor como un catálogo. Aoyama revisa currículos, fotografías y cartas de presentación como quien compara productos, y lo hace convencido de su propia decencia. Entre cientos de solicitudes, una lo atrapa: la de Asami Yamasaki, una joven de 24 años, exbailarina de ballet, que escribe con una sensibilidad que a él le parece desarmante. Desde ese momento ya no busca; ya ha encontrado. Y lo que ha encontrado, sobre todo, es la confirmación de sus propios deseos.
Murakami construye la tensión con una paciencia admirable. Durante buena parte del libro casi no ocurre nada que pueda llamarse inquietante: cenas, llamadas telefónicas, la timidez de un hombre maduro que vuelve a enamorarse. Pero el lector intuye muy pronto que algo no encaja, porque el autor siembra pequeñas grietas en la superficie: silencios de Asami que Aoyama interpreta como delicadeza, datos de su pasado que no terminan de cuadrar, advertencias que el protagonista prefiere no escuchar.
Esas advertencias las encarna Yoshikawa, el primero en desconfiar, cuando descubre que el mentor del que Asami hablaba lleva casi año y medio muerto. El suspenso de la novela no está tanto en lo que va a pasar como en la ceguera de Aoyama: vemos cómo se enamora de una imagen que él mismo ha fabricado y cómo cada señal de alarma queda sepultada bajo la ilusión. Murakami escribe con frases breves, precisas, casi asépticas, y esa frialdad aumenta la incomodidad: el narrador no grita, constata.
«El castigo no recae en el amor de Aoyama, sino en su incapacidad para ver a Asami como una persona y no como el premio de un concurso.»
Hay un momento en que la novela gira sobre su eje y deja de ser la historia melancólica de un viudo para convertirse en otra cosa. No conviene precisar cuándo ni cómo ocurre, porque buena parte del efecto depende de la sorpresa, pero sí puede decirse que el giro no es gratuito. Lo que parecía una comedia romántica tardía, casi tierna, revela su reverso: la mirada con la que Aoyama eligió a Asami, esa mirada que mide, selecciona y descarta, tiene consecuencias.
Ese cambio de registro es la firma de Murakami: sus historias empiezan en territorios reconocibles y descienden hacia zonas donde la violencia aparece sin aviso, como si siempre hubiera estado ahí, agazapada debajo de la normalidad. En Audición el descenso es lento y, por eso mismo, más perturbador.
El último tramo es breve, intenso y difícil de olvidar. Su crudeza depende menos de lo explícito que de la precisión con que Murakami describe el dolor y la indefensión. Hay lectores que lo consideran excesivo. Otros, entre los que nos contamos, creemos que el exceso está al servicio de una idea: el castigo no recae en el amor de Aoyama, sino en su incapacidad para ver a Asami como una persona y no como el premio de un concurso.
No es un final que cierre todas las preguntas. Las motivaciones de Asami quedan apenas esbozadas, y parte de la crítica ha señalado esa simplificación como el punto débil del libro. Puede ser. Pero también es coherente con el punto de vista: nunca llegamos a conocerla de verdad, porque Aoyama tampoco quiso conocerla.
Audición es también un retrato del Japón de mediados de los noventa: una sociedad próspera y moderna, obsesionada con las apariencias, donde las relaciones se negocian con lógica de mercado y la soledad masculina se disfraza de éxito profesional. Las dos mujeres que importan en la vida de Aoyama, la esposa muerta, idealizada hasta la perfección, y la nueva pretendiente, enigmática e inalcanzable, existen casi solo en función de él. Esa es precisamente la crítica que el libro deja caer sin subrayarla.
Una advertencia necesaria: no es una lectura para estómagos sensibles. Pero quien se anime encontrará una novela corta, veloz y mucho más inteligente de lo que su fama de historia de terror sugiere. Leer a Ryu Murakami ahora, cuando ya no podrá escribir nada más, es la forma más honesta de despedirlo: dejar que siga incomodándonos.
FICHA TÉCNICA
| Título | Audición |
| Título original | Ōdishon (オーディション), 1997 |
| Autor | Ryu Murakami (Sasebo, 1952 – 2026) |
| Edición en español | Abducción (Chile), 2021 |
| Páginas | 240 |
| Adaptación | Audition (Takashi Miike, 1999) |