
La casi simultaneidad de la Eurocopa y la Copa América es un raro acontecimiento que ha hecho de este junio un momento soñado para los futboleros, colectivo no tan selecto y aún menos noble del que formo parte desde la ya lejana infancia. En oposición a la dicha que experimentamos los obsesos del balón, esta circunstancia no resulta tan grata para los familiares, amigos, colegas y otros pobres damnificados que no comparten esta afición, por considerarla, incomprensible, primitiva e incluso bárbara, pero que en la mayoría de los casos terminan por aceptar con la resignación del que descubre el dudoso linaje y aún peores modales de su nueva parentela, o con la paciencia de quien debe habérselas con los desvaríos de un ser querido que empieza a ver disminuidas sus facultades mentales.
En mi caso particular, las gestas del verano alemán y en menor medida las del estadounidense me han permitido reeditar, aunque con menos capacidad de asombro y más asuntos pendientes, la placidez de épocas escolares, en las que durante largas horas me entregaba en cuerpo y alma a la contemplación de las hazañas de mis héroes en la pantalla. Sin embargo, probablemente lo más resaltable de estos días es que se han convertido en la ocasión perfecta para saldar una deuda pendiente ya desde hace varios años, la lectura de Salvajes y sentimentales, bellísima obra que recoge una serie de columnas y ensayos relacionados con el fútbol, que fueron escritos por Javier Marías entre 1992 y 2000, a la que, en ediciones como la que cayó en mis manos, se adicionaron artículos posteriores.
Al adentrarme en las páginas de este libro, lo primero que llamó mi atención fue la sensación de familiaridad que de forma un tanto inesperada experimenté frente a las circunstancias y posturas expuestas por Marías. En este apartado resultan dignas de mención las relacionadas con aspectos como la lealtad irrestricta que se brinda al equipo de los amores, aquel a través del cual nos aproximamos al fútbol por vez primera; las simpatías temporales que se ofrecen a los más débiles, ya sea como aliados frente a un rival común, o simplemente como producto de la estima que despiertan algunos equipos menores y que no todos los desvalidos son capaces de suscitar; o la entrañable forma de medir el paso del tiempo y si se quiere darle una connotación más trascendental, del paso de la vida a partir de la celebración de los campeonatos mundiales de fútbol que tienen lugar cada cuatro años.
Pero esta plena identificación también abarca propensiones menos loables, pero igualmente humanas como las antipatías que se prodigan con la misma arbitrariedad con la que se derrocha el cariño y la adhesión; las rivalidades, algunas más caballerosas y deportivas que otras; o las más viscerales reacciones frente a la derrota, de las que, como queda demostrado en esta obra, no escapa ni siquiera un sofisticado intelectual como Marías y que en no pocas ocasiones llega a poner en riesgo, amistades, vínculos familiares, laborales y hasta sentimentales. También destaca la inclinación políticamente incorrecta de descalificar a un determinado deportista por no ajustarse a los cánones que para la posición que desempeña dentro del campo se han definido con la misma orientación veleidosa señalada en las líneas precedentes.
Sorprende y reconforta el reconocimiento del fútbol como un elemento que supera su naturaleza deportiva y cobra otras dimensiones encumbradas, vinculadas al sentimiento patriótico, que no patriotero, la amistad, la entrega, la lucha, la superación y hasta la justicia. En mi caso, esta afición me dotó de un conocimiento nada despreciable sobre geografía, historia y geopolítica, todas materias tan desdeñadas en los incompresibles modelos educativos de nuestros días. De esta manera, en mi fértil memoria infantil se grabaron, además de los goles de Alessandro del Piero, Jürgen Klinsmann, Dennis Bergkamp o Romario, los nombres de ciudades lejanas y muchas veces impronunciables, ríos, montañas, capitales y banderas, así como la recomposición de todo un continente tras la caída del Muro de Berlín o las implicaciones del conflicto de los Balcanes, sólo por mencionar algunos datos y acontecimientos ligados al fútbol de forma más o menos evidente.
Más allá de esta aproximación al sentido de la globalización, mi condición de futbolero me ha permitido acercarme a la figura de mi padre, implacable crítico, pero ejemplar aficionado. La evocación de su figura resultaría inimaginable sin la presencia de su radio, que terminó convertirse en una extensión de su cuerpo y a través de cuyas ondas empecé a entender la pasión que se vive alrededor de un balón. Igualmente apreciable resulta la posibilidad de haber fraguado amistades indelebles, que aún hoy se siguen nutriendo de largas y acaloradas conversaciones sobre el último partido, e incluso, sobre aquel memorable de hace 30 años. Tampoco podría olvidar que a esta inclinación debo mi primer ejercicio profesional en el periodismo, al borde del campo, defendiendo colores ajenos, con el respeto y el profesionalismo que hubiera ofrendado a los míos.
De la misma forma en la que las grandes proezas de los futbolistas que marcaron mi infancia les granjearon un lugar en mi particular olimpo, la lectura siempre oportuna de la obra de Javier Marías en sus diferentes facetas, lo ha convertido en mi héroe literario de la adultez, cuya presencia tutelar me dotado de coraje no sólo para articular estas líneas, sino también para encarar mis propias intentonas en la escritura. Quizás sea esa la razón por la que tuve la desfachatez de usurpar el derecho de sus familiares y amigos cercanos a vivir el duelo ante su prematura muerte en 2022 y por la que aún me sigo emocionando al encontrar cercanías y afinidades en su manera de ver la vida o al descubrir joyas como las incluidas en Salvajes y sentimentales.
Su capacidad de mantener la ilusión frente a la noción idealista de la niñez, pese a su desencanto por el fútbol moderno me anima a reeditar mi propia fe, maltratada por hechos como el pasado campeonato mundial de fútbol, que considero mi mayor derrota como aficionado, por haberme dejado la duradera sensación de haber asistido al triunfo de los villanos, no solo en la cancha, sino también en los elegantes despachos y aviones privados en los que ahora se define la suerte de este amado deporte. Lecturas como estas reverdecen la devoción por los colores propios y la ilusión casi siempre infundada de celebrar finales felices, que por intrascendentes y ajenos no cambiarán en absoluto el curso de nuestra vida, pero que permanecerán para siempre en nuestra memoria.
Concluyo señalando los puntos en los que me alejo radicalmente del gran autor madrileño, que tal vez por esta última condición no puede evitar el tono apologético al referirse al Real Madrid, club de sus idílicos recuerdos infantiles que, en mi particular e impopular opinión, dejó de ser admirable, hace 20 años, precisamente la edad que ahora tiene una gran parte de sus aficionados fuera de la capital española, algunos postizos y advenedizos, que poco saben del sufrimiento y de la verdadera historia de grandeza de los de Chamartín. Mucho peor resulta la postura hostil del autor frente a Ronaldo Nazario, quien junto a Zinedine Zidane siguen siendo los dos mejores jugadores que he visto sobre el césped y que, ante la escasez de nuevos talentos que logren despertar en mí la emoción que experimenté al ver jugar al brasileño y al francés, la presencia de ídolos artificiales más vinculados al mercadeo que al deporte y mi menguante capacidad de maravillarme, lo seguirán siendo hasta el final de mis días.
Ismael Iriarte Ramírez
Director de la revista Túnel de letras